Su hija se transformó en el objeto de su cariño. No le perdonaba a su marido el haberla hecho sufrir de modo tan imperdonable. Le decían la dama de Leceistershire y así se sentía ella.
Su pequeña Samantha era rubia y tenia el cabello liso tan precioso que parecía de oro. Aquello dio origen a una pequeña leyenda familiar: cada mechón de su cabello debía valer como el metal precioso. Su cabello estaba siempre muy largo y bien cuidado. Regalaba pequeños trozos de su cabello como si regalara pequeños cofres de oro y lo hacía muy rara vez y a muy pocas personas.
Era una niña muy linda, aunque tenía un pequeño defecto facial que siempre intentaba disimular con gestos y guiños, que consideraba parte de su natural coquetería. Durante su infancia casi no salía de su amplia y cómoda casa situada en uno de los suburbios más alejados de la pequeña ciudad de Leceistershire, al sur de Inglaterra.
El pequeño bosquecillo, su laguna de ocas y el amplio jardín eran considerados por ella como su reino privado. Correteaba poco por los pasillos, salones y las incontables habitaciones de la casa. Realmente La pequeña Samantha parecía un pequeño felino. Aparecía de pronto y muy silenciosamente y desaparecía del mismo modo.
Salía poco de su casa y los paseos que hacía con sus padres al lago cercano o al centro comercial de la ciudad, eran para ella, un poco incómodos ya que no siempre hallaba la comodidad que esperaba en todas partes y no hallaba obstáculo alguno para manifestar sus molestias.
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