Sus expresiones verbales eran generalmente órdenes y expresiones de caprichos o punzantes formas de referirse a los demás. Todo se lo soportaban a la pequeña Samantha, pero no se imaginaban el ser cruel y destructivo que criaban en aquel cuerpecito frágil y bonito. Así pasaron años y todos los que estábamos en su entorno vivíamos en esa normalidad.
Con la llegada a la adolescencia los hábitos de Samantha tuvieron matices más curiosos. Sus veleidades habituales tomaron otros matices un poco más perversos y, al mismo tiempo, un poco encantadores. Leía novelas rosa y muchas revistas de moda. Poco a poco exigió a sus padres los rudimentos básicos para realizar el recién llegado culto a su femineidad y belleza.
Hizo que contratarán a una peinadora que viniera al menos tres veces por semana, exclusivamente a atenderla a ella con sus cabellos, maquillaje facial, masajes y cuidados especiales.
Es difícil precisar el origen actual de su peculiar belleza, es difícil atribuirla sólo a los cuidados especiales , las cremas y tratamientos. La verdad es que más allá de sus defectillos, Samantha se había transformado en una bella muchacha.
Su particular belleza tenía el spleen lejano de su madre añadido a una coquetería adquirida en la revisión minuciosa de tantas imágenes de modelos que había devorado durante años. Al verla era difícil no admirarla por su apariencia, pero su conversación se tornaba muy problemática. Decía poco y hacía menos.
Desechó las clases de piano que su madre intentará darle y su lectura se cerró en poemitas cursis y cuentos de princesas antiguas y damas modernas de vida elegante. Pensó que era una de ellas y pasaba sus días así. Tenía pocas amigas, debido a su temperamento selectivo, nadie que no se le pareciese era digna de su amistad. De ese modo sólo frecuentaba a dos amigas: Lucie y Louise.
Se reunían algunas tardes a tomar el té y comentar sus cosas. Casi siempre se referían a nuevas modas, novedosos productos y cosméticos. Pero, en aquella oportunidad empezaron a hablan de un tema latente en su efusiva feminidad: los hombres.
¿Qué tipo de hombres eran aquellos que se merecieran mujeres tan delicadas, bellas y elegantes como ellas?
Y la conversación derivo en experiencias novelescas, de revista, ya que ninguna de ellas, al parecer, había conocido uno de ellos. El tema era interesante y quedaron en seguir aquella conversación otro día, ya que la temática era abundante. Se podía hablar tanto de aquellos seres que, inevitablemente, debían conocer.
Sería imposible realizar un inventario oral de todos los tópicos que habían tocado sobre aquel tema. Su peculiar interés las había llevado a investigar desde complicados mapas psicológicos hasta los detalles funcionales de todos los aspectos anatómicos de los hombres. Sabían exactamente quienes, que eran, que podían hacerles. Estaban enteradas de las veleidades de su carácter y las recurrentes menciones a la infidelidad.
“A nosotras no nos pasará jamás algo parecido”, decían convencidas. “Los hombres que escojamos serán perfectos y nos harán eternamente felices y satisfechas”. Doctas en teoría e ingenuas por natura, decidieron conocer la realidad e iniciaron paseos por los parques cercanos y luego, por los paseos más concurridos.
Observaban con detenimiento a los ejemplares a su alcance. Juzgaban sus defectos de vestimenta, sus facciones y hasta sus movimientos. Hacían retratos imaginarios en sus intensas conversaciones.
En ocasiones se les habían acercado algunos jóvenes, e incluso habían realizado paseos cortos con ellos. Les daban datos errados sobre sus nombre y sus domicilios. No querían correr riesgos innecesarios, además eran más sus defectos que sus atractivos.
Así transcurrieron algunos meses. Ya eran maestras en los flirteos y tenían algunos amigos. Los jóvenes y no tan jóvenes siempre la miraban a Samantha pero hacían piropos a las otras amigas. Ninguna alabanza directa le era dirigida y no sabía que es lo que pasaba y ello le molestaba sobremanera.
Lucie era de piel muy blanca y sus cabellos ondulados y oscuros chocaban un poco y la hacían verse un poco desteñida, quizá descuidada un poco, pero la delicadeza de sus vestidos y su sonrisa timiduela la hacían presa fácil de galanterías mínimas, pero frecuentes. Su fatal hipocresía le permitió tender sus redes a un joven pelirrojo, muy delgado y atildado, que siempre pasaba con sus libros por la calle. Nunca se enteraron cómo o en qué momento, pero resultó haciéndose novia de aquel jovenzuelo de cabeza incendiada. Sus amigas consideraron aquella reserva una pequeña deslealtad, porque además no compartía con ellas sino detalles intrascendentes.
– ¿Te besa? ¿cómo lo hace? –insistían, pero Lucie era muy parca en esos detalles. Estaba enamorada de aquel muchacho y él ya se había presentado a sus padres, y ellos estaban complacidos con el futuro abogado. Ante las negativas a contarles sus intimidades y debido al poco tiempo que ya les dedicaba a sus amigas, optaron por obviarla del grupo.
Samantha y Louise volvieron a las andadas. Frecuentaban algunas confiterías de la calle Harrington. Allí tuvieron algunas citas esporádicas. Sus opiniones sobre los hombres no habían cambiado mucho, debido a la escasa información. Al parecer ellos eran tan difíciles como ellas.
Al faltar algunos encuentros con Louise para sus paseos acostumbrados, Samantha empezó a sospechar algo. Su amiga estaba en amores con un hombre mayor, de algo más de treinta y cinco años que trabajaba de administrador en el parque de diversiones que visitaban desde hace un tiempo. Al verlos de la mano se puso furiosa.
¿Furiosa, por qué? ¿Eran celos por su amiga?
Obviamente que no. Era un sentimiento de profunda frustración. Ella, ella, la más bella de todas, la más cuidada y elegante, la de más bello cutis y de rostro tan hermoso. Si no tenía problemas al reconocer una simple realidad que estaba al alcance de todo mortal que la viera.
Ninguno de los muchachos que la miraban con ojos de bobo se habían atrevido a dirigirle al menos uno de esos piropos groseros o tibias alabanzas que hacían llegar a sus amigas. No, no podía ser, algo estaba sucediendo y lo iba a averiguar de alguna manera.
Era una de esas mañanas preciosas de verano y Samantha tuvo la necesidad de salir a tomar aire fresco. Eligió el paseo de los álamos; era el parque natural de su condado. Salió con una pequeña sombrilla para cubrirse del sol, pero no tuvo cuidado de ver aquellas nubarrones oscuras en el poniente que se acercaban tan lentamente.
Sentada en una banca de piedra, con los pies cruzados, como siempre lo hacían sus heroínas de revistas cuando esperaban a sus amantes, simplemente caía en una compacta melancolía. Algo de su madre se dejaba sentir por primera vez en aquella criatura encantadora.
Descubrió en su alma que jamás se había preocupado por nada que no pudiera manejar o tener. Esta vez si, sentía necesidad de ser amada no por amor filial, ni servil, sino simplemente ser amada. Sentía esa honda melancolía como un intruso en su vida, no le gustaba sentir necesidad de algo sin tenerlo inmediatamente, le quebraba todos sus esquemas mentales. Así divagaba y no sintió sino las primeras gotas de una tormenta. Aquello la incomodó, se puso de pie y pensó en retornar a su casa.
¬– Disculpe señorita, ¿puedo ayudarla? –le inquirió un hombre joven vestido con un impermeable y un paraguas amplio sobre el hombro.
–No sé, ¡estoy tan molesta!
–¿Por qué?
– Es esta lluvia, que llega de improviso y… ni me di cuenta de ella…
El joven rió, pensando que se trataba de una broma. Sonaba como si lo fuera, pero al ver el rostro súbitamente encolerizado de la joven y adorable rubia, borró todo vestigio de burla o sarcasmo de su rostro lozano.
– Tiene razón, las lluvias debieran anunciarse con anticipación. Vaya ¡que falta de consideración! –lo decía con sinceridad, pero el tono de teatralidad que le dio sin querer a su expresión, hizo sonreír a la muchacha, que desarmaba su inútil y diminuta sombrilla. Ambos acabaron riendo como niños por sus mutuas tonterías.
– Pero, que hago aquí riendo con un extraño –dijo Samantha, cortando la natural conversación.
– Disculpa, no me presenté adecuadamente, pero la verdad es que soy nadie y estoy en ninguna parte.
Aquella ocurrencia devolvió a Samantha a una risa espontánea.
– Es cierto, yo no te conozco de nada, pero me constituyo a partir de este momento en el más rendido y diligente protector. No permitiré que ninguna gota de esta lluvia, ni ninguna partícula de este viento toque tu piel o tus bellos pies.
Se había fijado en su belleza y sus pies, además se lo había dicho, entonces su belleza era visible y no oculta como había llegado a creer en sus ensimismamientos recientes. La joven se puso tan contenta que enmudeció durante varios segundos.
Quien viera a Samantha en ese justo instante, hubiera visto a una Samantha completamente diferente, como recién salida de un paraíso terrenal ilusorio. ¿Dónde había estado esta criatura en los últimos dieciocho años? (tenía dieciocho).
–¿Lo harás? – respondió con una voz musical, exenta de aquellos gestillos de intemperancia que acostumbraba.
– Si, por supuesto. -le contesto el muchacho con mucha seguridad.
Samantha se tranquilizó por fin. Por un momento vio su entorno y la lluvia había sido apenas un simple aguacero fugaz. Le pidió con su dedo índice que cerrara el paraguas y, acabaron sentándose en el banco. Ninguno se dio cuenta de que la superficie estaba mojada. Su piel volvió a tomar su color,
No hay comentarios:
Publicar un comentario